Sephora


Estaba sentada en el piso del gimnasio con las piernas contraídas. Lo esperaba a Lucas, esperaba que saliera con el pelo mojado y olor a limpio. El piso era de esa goma dura que amortigua un poco la caída de las pesas y las mancuernas que los musculosos revolean cuando ya no aguantan el peso. Yo me acomodé en un rincón, justo a la salida de los vestuarios que estaban en el subsuelo, en lo que parecía ser la sala de musculación. No había mucha gente, eran como las nueve de la mañana de un miércoles, pero no sé en qué horarios va al gimnasio la gente en Williamsburg. Sé que el gimnasio estaba abierto desde las seis, lo decía el mail de invitación que me había mandado Brittany la noche anterior. Era un pase por el día para mí y para Lucas.

Esperaba con mi mochila a un costado, perdiendo tiempo en Instagram. No podía preguntarle a Lucas cuánto le faltaba para salir, él no tenía datos en el celular y tampoco teníamos la clave del wi-fi. Me había sentado a esperar ahí cuando salí derrotada del vestuario de mujeres, no había podido regular la temperatura del agua y estaba negada a bañarme con agua helada. Era abril, se suponía primavera, pero la temperatura no subía de los diez grados. Yo estaba sucia, tres días de suciedad. Sucia y frustrada porque no me había podido duchar en ese gimnasio prestado. Me sentía fuera de lugar, insegura, indefensa. Lo esperaba a Lucas con ganas de llorar y con la esperanza de que él hubiera sabido cómo hacer para que saliera agua caliente.

Lucas salió con el pelo seco y con la misma suciedad con la que había entrado.

-          ¿Salía fría el agua? – pregunté

-          Sí, es una mierda este lugar - me dijo enojado

-          Sí, yo tampoco pude.

Agaché la cabeza y sentí toda la frustración sobre los hombros. Estaba enojada, furiosa, quería que Lucas hiciera algo, quería que la situación se resolviera, quería bañarme, quería sacarme la bronca y la roña con agua caliente. Subimos las escaleras sin hablar. Le insinué que preguntara en la recepción por el agua caliente, me dijo que no tenía ganas, que no valía la pena. Nos fuimos.

Volvimos al departamento caminando, eran dos cuadras. Salimos del edificio gris en el que estaba el gimnasio y caminamos por una cuadra de edificios de ladrillo rojo y escaleras en la entrada, uno al lado del otro, iguales, repitiéndose al infinito. Llegamos a la esquina y vimos el bar que todas las noches nos llamaba la atención, pero al que nunca fuimos porque llegábamos cansados después de haber caminado la ciudad todo el día. Pasamos por la inmobiliaria de los judíos ortodoxos y por el Deli que atendía un Pakistaní o Hindú y estaba abierto todo el día. Lucas siempre se paraba en la vidriera a ver los líquidos para el vapper, pero nunca entraba. Una noche que compramos comida para llevar en el carrito de tacos de la Avenida Bedford, a unas cuadras de la estación de subte, yo pasé por el Deli a comprar cerveza para comer en el departamento. Las heladeras estaban al fondo, había un montón de marcas que no conocía, las latas eran de un litro y ni siquiera estaba segura de todas fueran de cerveza. Elegí dos, una rubia y una roja de diferentes marcas, para probar la variedad. El de la caja me habló un inglés incomprensible para mí, tuve que mirar la pantalla de la registradora para saber cuánto tenía que pagar. Esa noche comimos los mejores tacos de la historia y probamos un cerveza de la que ya me olvidé el nombre, pero sé que me había gustado.


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